Comienza el Adviento en el que la Iglesia nos invita a considerar el misterio de Cristo que ilumina ese otro misterio que es el hombre. Nos preparamos para la Navidad que llega y la Navidad eterna: el encuentro con Dios al término de esta vida. Tendremos a excelentes maestros: Isaías, Juan Bautista, José y María, la Madre del Señor.
Toda nuestra vida es un adviento, una espera gozosa y esforzada hacia una vida sin fin. Si Cristo no hubiera venido al mundo no habría esperanza de que esto pudiera ser una realidad, ya que la experiencia diaria convence al hombre de que el mal, la mentira, la violencia, la enfermedad y la muerte tienen un protagonismo abusivo. No hay mentira mayor que buscar un paraíso en la tierra. No hay engaño mayor que el de quien trabaja por una justicia, una paz, un orden que no esté basado en Cristo.
¡En cuántas ocasiones, absorbidos por los problemas diarios vivimos instalados en un profundo sopor que olvida el sentido trascendente de la vida! Se vive como drogado y se muere convenientemente sedado en un hospital. Un cristiano no debe conducirse por miedo a su Padre Dios, pero sí de un modo responsable, de forma que los cantos de sirena que a lo largo de la travesía de la vida intentan seducirlo, no le desvíen del trayecto que le conduce al puerto de la salvación. Es en medio del trabajo, de la vida familiar y social, de la colaboración por una sociedad más humana y solidaria, donde cada uno decide su felicidad para siempre. Estas cosas, desempeñadas como Dios quiere, son las que nos preparan para la segunda venida del Dios de todas las cosas.
Adviento, tiempo de preparación para recibir al Señor que llega en Navidad, y para imprimir a nuestra vida un valor de eternidad, porque la segunda venida de Cristo sorprenderá a los hombres en lo que estén haciendo, bueno o malo.